—Come lo que quieras. Yo aquí sigo.
No lo presionó. No lo interrogó. Solo cocinó y tarareó bajito una canción que su madre le cantaba de niña.
Mateo se terminó todo.
Al tercer día pidió más.
Al quinto ya la esperaba sentado en su banquito, mirando cómo cortaba zanahorias o amasaba tortillas. Empezó a tocar los ingredientes, a olerlos, a preguntar con los ojos. Ella le enseñó sin prisa.
—Esto es una zanahoria.
—¿Y esto?
—Canela.
—Huele bonito —susurró él.
Poco a poco, el silencio del niño se fue rompiendo. Primero fueron palabras sueltas. Luego risitas tímidas. Después historias pequeñitas. Y la casa entera empezó a cambiar con él.
Alejandro también cambió.
Comenzó a bajar cada noche a la cocina cuando Mateo ya dormía. Al principio solo observaba. Luego Valeria le puso un cuchillo en la mano.
—Pique cebolla.