Nadie conseguía que el hijo del millonario comiera nada… hasta que ella apareció.

—Respeto. Ayer me insultaron en su reja. Si voy a entrar a esta casa para que me vean por encima del hombro, prefiero seguir en mis camiones.

Alejandro lanzó una mirada helada hacia la puerta.

—Tienes mi palabra.

Valeria empezó ese mismo día.

Cerró gabinetes llenos de aceites caros, ingredientes impronunciables y utensilios relucientes. Escribió una lista de mandado y la pegó al refrigerador: arroz, frijol bayo, plátano, calabaza, tortilla, miel, canela, pollo, jitomate.

Constanza leyó la lista con desprecio.

—La despensa de esta casa vale más que…

Valeria se giró.

—No estoy aquí para alimentar el ego de nadie. Estoy aquí para alimentar a un niño.

A mediodía hizo arroz, frijoles, huevo con orillita crujiente y plátano dorado con canela. Mateo apareció en la puerta de la cocina antes de que lo llamaran. Valeria le puso un banquito cerca del mostrador.