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Durante tres largas y agonizantes semanas, el pequeño Mateo Santillán no probó un solo bocado de verdad. Los platos que aparecían frente a él parecían obras de arte: cremas de colores perfectos, arroces perfumados con azafrán traído de España, carnes suaves cocinadas por chefs famosos que llegaban desde Nueva York, París o Madrid solo para intentar alimentar a un niño de cuatro años. Mateo los miraba unos segundos, empujaba la comida con la punta del tenedor de plata y luego giraba la cara hacia la ventana.