Nadie conseguía que el hijo del millonario comiera nada… hasta que ella apareció.

—No sé cocinar.

—Nadie nace sabiendo.

La hizo reír la primera vez que cortó mal un jitomate. Ella lo hizo sonreír cuando le dijo que parecía becario en su propia cocina. Sin darse cuenta, empezaron a compartir algo más que recetas: él le habló de un matrimonio roto con una mujer llamada Rebeca, obsesionada con la apariencia y ausente desde hacía meses; ella le habló de los camiones, de las madrugadas, de las medicinas de su madre y de lo caro que salía seguir siendo buena persona en una ciudad dura.

Entonces reapareció Rebeca.

Llegó como si nunca se hubiera ido: vestido impecable, perfume caro, una maleta en la mano y una sonrisa falsa. Dijo que venía a ver a su hijo. Legalmente podía hacerlo, y Alejandro, aunque ardía de rabia, no podía impedirlo.

Pero cuando Mateo la vio, se encogió como una flor tocada por el frío. No corrió hacia ella. No abrió los brazos. Dio un paso atrás y miró hacia la cocina.

Rebeca siguió ese rastro y encontró a Valeria junto al fogón, con el niño aferrado a su pierna.

—Así que tú eres la cocinera —dijo con veneno.

Valeria se secó las manos con calma.

—Y usted es la mamá.