—Sí.
—¿Cómo?
Valeria lo miró con una serenidad que lo desconcertó.
—Cocinando arroz, frijoles y pollo como me enseñó mi mamá. Pero si me pregunta de verdad por qué su hijo comió, la respuesta no está en la receta.
Alejandro guardó silencio.
—Su niño no necesitaba una exhibición —continuó ella—. Necesitaba algo que oliera a cuidado. A presencia. A casa. Usted trató de arreglar una herida del corazón con chequeras y chefs famosos. Pero a un niño no se le gana con rarezas. Se le gana quedándose.
En el umbral, Constanza abrió los ojos con escándalo.
Alejandro, en cambio, solo la observó. Era una mujer cansada, sí, con manos de trabajo y ropa humilde, pero había firmeza en su voz y verdad en sus palabras.
—Quiero que trabaje aquí —dijo él.
Valeria no respondió enseguida.
—Acepto con una condición.
Alejandro arqueó una ceja.