Nadie conseguía que el hijo del millonario comiera nada… hasta que ella apareció.

Y otro.

En el comedor inmenso se escuchó solo el sonido del tenedor chocando contra el plástico. Mateo estaba comiendo.

El chofer que pasó por el pasillo soltó las llaves y corrió a avisar. Alejandro bajó las escaleras casi sin tocar los peldaños y se quedó petrificado al verlo: su hijo inclinando la cabeza sobre el recipiente, concentrado, presente, vivo.

—Mateo… —murmuró con la voz quebrada.

El niño levantó la mirada y, con una vocecita áspera por el silencio de tantos días, dijo:

—Está rico.

Alejandro sintió que las rodillas le temblaban.

—¿Quién hizo esto? —preguntó, sin apartar los ojos del niño.

—Una mujer que vino ayer a la reja —respondió Constanza—. No dejó tarjeta.

—Encuéntrenla.

La encontraron esa misma tarde.

A la mañana siguiente, un coche negro se detuvo frente a la casa de Valeria. Su madre la bendijo, su padre le dijo que no dejara que la humillaran, y ella subió al vehículo con el corazón desbocado.

Cuando entró a la mansión, Alejandro la esperaba en un salón enorme, con el cansancio dibujado en la cara.

—¿Usted hizo esa comida? —preguntó sin rodeos.