Abrió la tapa y un aroma profundo de ajo, caldo y pollo cocido se elevó en el aire. No olía a restaurante. Olía a casa.
Justo entonces entró Alejandro.
Venía hablando por teléfono, con la corbata floja y ojeras de insomnio, pero se detuvo en seco cuando el olor le rozó la memoria. Por un segundo volvió a la cocina de su abuela, a una olla de frijoles, a una mesa de madera, a un tiempo en el que comer era un acto de amor y no un espectáculo.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Nada importante, señor. Una comida que dejaron en la reja. Ya la iba a tirar.
Alejandro no apartó los ojos del recipiente.
—Llévesela a Mateo. Ahora.
—Pero no sabemos de dónde viene…
—Ahora, Constanza.
La ama de llaves obedeció.
Dejó el topper junto al plato de verduras miniatura y salsa reducida que el niño, como siempre, no había tocado. Mateo bajó la mirada. Vio el arroz blanco, los frijoles oscuros brillando en su caldito, el pollo deshebrado con cebollita dorada. No parecía una escultura. Parecía comida de verdad.
Alzó el tenedor.
Pinchó un poco de pollo. Lo llevó a la boca. Masticó.
Luego tomó arroz con frijoles.
Después otro poco.