Nadie conseguía que el hijo del millonario comiera nada… hasta que ella apareció.

—Solo pasan personas con cita y credenciales.

—No tengo diploma, pero sé cocinar —respondió ella, con la barbilla en alto—. Solo quiero que prueben esto.

En ese momento apareció el chef principal de la casa, un hombre perfumado y altivo llamado Armando Beltrán. Soltó una risita al verla.

—Mi cielo, aquí no estamos organizando una kermés. Regrese a su cocinita.

Valeria sintió que la sangre le ardía en la cara, pero no bajó la vista.

—Pues ojalá su cocina de lujo sirviera de algo, porque por lo que se ve, no ha logrado que ese niño abra la boca.

Armando dejó de sonreír.

—Sáquenla.

Valeria se dio media vuelta. No lloró. No suplicó. Solo, antes de irse, le pidió a un ayudante joven que pasaba con unas cajas:

—Por favor. Solo llévaselo al niño. Si no sirve, lo tiran.

El muchacho dudó, miró hacia ambos lados y aceptó.

El recipiente pasó casi una hora olvidado en una esquina de la cocina industrial, detrás de unas cajas de agua importada. Fue la ama de llaves, doña Constanza, quien lo encontró y torció la boca con desprecio.

—¿Qué es esta vulgaridad?