La tensión en la cocina se volvió espesa. Rebeca trató de humillarla, de llamarla oportunista, de insinuar que estaba ahí por el dinero. Valeria la dejó hablar y luego respondió con una serenidad devastadora:
—Yo vengo de Iztapalapa y tomo dos camiones todos los días. Mi mamá está enferma, mi papá se parte la espalda en un mercado, y aun así no dejaría solo a un niño por ocho meses. La maternidad no se dice, señora. Se demuestra.
Rebeca se marchó furiosa, pero no se rindió. Demandó a Alejandro por la custodia, intentando usar la presencia de Valeria en la casa como argumento. Lo que no esperaba era que la verdad saliera a la luz.
Especialistas testificaron que Mateo había mejorado desde que recibió una atención constante, cálida y segura. Los empleados reconocieron —algunos de mala gana, otros con vergüenza— que fue Valeria quien devolvió la vida a la casa. Y cuando el juez habló a solas con Mateo, el niño, con la sinceridad brutal que solo tienen los pequeños, dijo:
—No quiero irme con mi mamá. Me da miedo cuando grita. Yo quiero quedarme con papá… y con Vale.
Eso fue suficiente.
El juez negó la custodia total a Rebeca y le concedió solo visitas supervisadas.
A la salida del juzgado, Mateo salió corriendo y se abrazó a las piernas de Valeria primero, y luego a su padre. Alejandro, con los ojos húmedos, los rodeó a ambos con los brazos.
—Gracias —le dijo a ella, mirándola como no había mirado a nadie en años—. No por cocinar. Por quedarte.