Hoy mi señora va a sonreír, aunque sea lo último que yo haga en esta casa. Las últimas palabras fueron como un disparo a quemarropa directo al centro de la frente de Rodrigo. Prefiero enfrentar la furia de ese millonario sin alma. Esa era la imagen que Lucía tenía de él y no se había equivocado. Había sido un monstruo absoluto. Lucía lo había arriesgado absolutamente todo. Su trabajo, el techo de sus hermanos pequeños, su propia seguridad alimentaria, por el simple, puro y divino acto de darle 5 minutos de felicidad a una anciana rota.
Y cómo le había pagado Rodrigo ese sacrificio sagrado, echándola a la calle bajo una tormenta torrencial, gritándole en la cara, negándole su sueldo y amenazando con destruirla legalmente. La había dejado a merced de la miseria mientras él dormía en sábanas de seda. El peso de todo su oro, de todos sus millones, de sus empresas, sus autos blindados y su poder, cayó sobre sus hombros con una fuerza trituradora y descubrió que no valían absolutamente nada. Todo su imperio era basura frente a la inmensidad del corazón de la mujer a la que acababa de destruir.
“Perdóname, perdóname, Dios mío”, soyosó Rodrigo en la soledad agónica de ese cuarto de servicio vacío, apretando el cuaderno azul contra su pecho con tanta fuerza que los espirales de metal se le clavaron en la piel a través de la camisa de diseñador. Las lágrimas le quemaban el rostro, empapando el cartón barato, limpiando 20 años de arrogancia, orgullo y dolor reprimido. El empresario implacable había muerto en ese instante, asesinado por la verdad plasmada en las páginas de una empleada de servicio.