Se quedó allí de rodillas en el polvo durante 10 largos minutos, dejando que el llanto le lavara el alma corrompida, aceptando la totalidad de su culpa. abrazando la vergüenza más profunda y pura que jamás había experimentado. Pero el dolor y la culpa no eran suficientes. El arrepentimiento sin acción era solo otra forma de cobardía. Y Rodrigo Valdés había sido un cobarde durante demasiado tiempo. Levantó la cabeza. Sus ojos rojos, hinchados y surcados por las lágrimas se llenaron de una determinación feroz, de un fuego nuevo y abrasador que no nacía del orgullo, sino de la más humilde desesperación.
Se puso de pie limpiándose el polvo de los pantalones de forma autómata. Miró el cuaderno azul que sostenía en la mano derecha. No sabía dónde vivía Lucía. No tenía su dirección. No tenía su teléfono, no tenía su apellido completo, ni referencias en esa casa vacía de humanidad. Guadalajara era un monstruo de asfalto con 5 millones de habitantes, un laberinto infinito donde una joven pobre y sin recursos podía desaparecer para siempre en cuestión de horas. Pero Rodrigo juró en silencio, apretando la mandíbula con una convicción de hierro que removería cada piedra de cada calle de la ciudad si era necesario.
Quemaría su fortuna entera, vaciaría sus cuentas bancarias, pondría a cada detective privado del país a buscarla. No le importaba el costo, no le importaba el tiempo. Iba a encontrar a Lucía Mendoza y cuando la encontrara no se presentaría como el gran señor Valdés, el jefe arrogante que exigía respeto y dictaba reglas clínicas absurdas. Iba a presentarse como el hijo arrepentido que no merecía el milagro que ella le había regalado a su madre. iba a arrodillarse frente a ella en medio de la miseria de su realidad y le iba a suplicar que le enseñara cómo amar de nuevo.
Salió del cuarto de servicio corriendo, atravesó la casa como un huracán y cruzó la puerta principal de cristal blindado, enfrentándose a la tormenta que seguía azotando la ciudad, listo para descender al infierno para buscar a la mujer que tenía la llave del cielo de su madre. La búsqueda en el barro, el motor de la enorme camioneta negra rugió con una ferocidad que hizo temblar los cristales de la mansión. Rodrigo Valdés aceleró a fondo, destrozando el impecable césped del camino de entrada, mientras la tormenta azotaba el parabrisas con una violencia despiadada.
Sus manos, aferradas al volante forrado en cuero, temblaban incontrolablemente. A su lado, en el asiento del copiloto, descansaba el cuaderno azul de cartón barato, la brújula que acababa de destrozar su mundo de mentiras y que ahora le indicaba el único camino hacia la salvación. No tenía la dirección exacta, pero tenía el poder de un imperio a su disposición. A través del sistema Manos Libres del vehículo, llamó a su director de recursos humanos. Eran las 10 de la mañana de un sábado, pero Rodrigo no aceptó excusas.