Lucía Mendoza no era una limpiadora que rompía las reglas. Era la única persona en esa casa de cristal que estaba luchando por mantener viva el alma de Inés, mientras él, el Hijo perfecto, se encargaba de matarla en vida con su frialdad aterradora. Rodrigo se arrodilló en el suelo del cuarto de servicio, sin importarle que el polvo ensuciara sus rodillas, y recogió el cuaderno con manos temblorosas, tratándolo como si fuera la reliquia sagrada más valiosa sobre la faz de la tierra.
lo abrió en las últimas páginas buscando desesperadamente algo más, una última señal, el clímax de la tragedia que él mismo había orquestado. La entrada final estaba escrita con una letra apresurada, con trazos fuertes que denotaban una emoción intensa. Tenía la fecha del día anterior, horas antes de que él fingiera su viaje a Nueva York para atraparla en su trampa cobarde. Doña Inés lleva tres días sin comer el puré verde. Los médicos dicen que es rebeldía. Yo sé que no lo es.
El color verde del puré es el mismo color de las paredes de la sala de urgencias donde falleció su hija Mariana hace 22 años. El Alzheimer le borra el presente, pero le clava los traumas del pasado en el pecho como cuchillos afilados. Obligarla a comer eso es obligarla a revivir la muerte de su niña en cada bocado. No puedo soportar verla sufrir así. Hoy voy a romper la dieta, cueste lo que cueste. Voy a traerle una pizza de peperoni.
Es comida chatarra, lo sé, pero Inés me contó una vez que era lo que comían los viernes cuando su familia estaba completa y feliz. Si el señor Valdés me descubre, sé que me va a despedir. Sé que es un hombre cruel, un hombre de hielo que tiene el corazón cerrado bajo 1000 candados. Tengo miedo de lo que me pueda hacer porque mis hermanitos me necesitan y si pierdo el trabajo nos quedaremos en la calle. Pero prefiero enfrentar la furia de ese millonario sin alma que permitir que doña Inés pase un día más en este infierno blanco.