Millonario fingió irse de viaje, pero lo que vio entre la limpiadora y su madre con Alzheimer. El vuelo a Nueva York sale en 3 horas. No quiero errores. Rodrigo Valdés abotonó el saco de su traje oscuro frente al espejo del gran vestíbulo. No miró a su madre cuando lo dijo. Tampoco miró a Lucía, la joven empleada con uniforme azul claro, que permanecía de pie en silencio a unos pasos de la silla de ruedas vacía.
La mansión en Guadalajara era un monumento al éxito de Rodrigo. Muros blancos, cristal blindado, silencio absoluto, una fortaleza estéril diseñada para mantener el control sobre todo, especialmente sobre la enfermedad que devoraba la mente de doña Inés. A sus años, Inés estaba sentada en el sofá de la sala con la mirada perdida en un punto invisible de la pared. Llevaba una blusa amarilla pálida, perfectamente planchada. Rodrigo pagaba una fortuna semanal a un equipo de tres especialistas, un neurólogo y un nutricionista privado, para que su madre viviera exactamente así: limpia, medicada, callada y segura.
El doctor Vargas vendrá a las 5 para medir su presión. Continuó Rodrigo ajustando el reloj en su muñeca. La dieta está en la pizarra de la cocina. Purée de verdura sin sal a la 1, suplemento líquido a las 4. Si la señora se agita, le das la pastilla azul. Si no se calma, llamas a urgencias. ¿Entendido, Lucía? Sí, señor Valdés, todo está claro, respondió la joven bajando la mirada. Rodrigo no confiaba en ella. Lucía llevaba apenas un mes trabajando en la casa tras la renuncia de las últimas tres enfermeras de alto nivel, quienes se quejaban de la hostilidad de Inés.
Lucía no era enfermera titulada, solo la limpiadora del turno de noche que había pedido cubrir las