Soy un estorbo que cuesta mucho dinero. Yo le acaricié el cabello y tuve que mentirle para salvarle la poca esperanza que le queda. Le dije, “El señor Rodrigo trabaja de sol a sol para comprarle las estrellas, señora, porque usted es lo más importante de su vida.” Ella cerró los ojos y me susurró, “Yo no quiero las estrellas. Solo quiero que se siente en mi cama y me abrace, aunque yo olvide su nombre. El sonido que escapó de los labios de Rodrigo no fue un sozo, fue un aullido sordo de agonía pura.
El hombre de hierro, el gigante de las finanzas, se derrumbó por completo. El cuaderno resbaló de sus manos y cayó al suelo mientras él se encogía sobre el colchón miserable, abrazándose el estómago, meciéndose hacia delante y hacia atrás en la más absoluta y miserable oscuridad emocional. La revelación era un golpe brutal, un martillo destrozando el cristal blindado de su arrogancia. Todo lo que él había creído durante los últimos 5 años era una mentira colosal. Había construido un imperio financiero, creyendo que el dinero era la respuesta a la tragedia de la muerte de su padre y al avance del Alzheimer.
Había blindado su corazón, convenciéndose a sí mismo de que mantener a Inés viva en una jaula estéril con las mejores máquinas y los doctores más caros del país era el acto de amor supremo. Pensó que su lejanía emocional era una muestra de fortaleza, que protegerse del dolor de ver a su madre deteriorarse era necesario para poder seguir pagando las cuentas. Pero el diario de esa joven humilde, escrito con faltas de ortografía menores y lleno de manchas de café, contenía más sabiduría, más ciencia y más amor que todos los expedientes médicos del mundo juntos.