dijo que era agresividad neurológica. Yo me quedé limpiando el polvo cerca de la ventana y la miré a los ojos. No era agresividad, era terror puro. El doctor huele a alcohol clínico y usa un reloj de metal frío que le raspa la piel cuando le toma el pulso. Inés no odia la medicina, odia sentirse como un pedazo de carne en un matadero. Cuando el doctor se fue, le preparé un té de manzanilla a escondidas. Lo dejé entibiar y se lo di en una taza de porcelana con flores.
Le dije que era la receta secreta de don Roberto. Se lo tomó todo hasta la última gota y me regaló la primera sonrisa. No necesita sedantes, necesita que la traten como a un ser humano. Una lágrima solitaria, pesada y ardiente, escapó del ojo derecho de Rodrigo y cayó directamente sobre la palabra matadero, difuminando levemente la tinta negra. El empresario se llevó una mano temblorosa a la boca, intentando ahogar el gemido de dolor que amenazaba con desgarrarle la garganta.
Él pagaba $5,000 semanales a ese maldito doctor para que torturara a su madre. Y esta chica, ganando el sueldo mínimo, había descubierto el problema en tres días con solo observar un reloj de metal frío y preparar un té de manzanilla. Pasó la página con urgencia, sintiendo que el corazón le martilleaba contra las costillas con una fuerza destructiva. Necesitaba leer más. Necesitaba entender la inmensidad de su propio fracaso. La siguiente entrada estaba fechada dos semanas atrás. El señor Valdés vino hoy de visita.
Entró a la habitación, le preguntó a las enfermeras por sus niveles de presión arterial, miró su reloj y se marchó en menos de 4 minutos. No la tocó, no le dio un beso. Doña Inés se quedó mirando la puerta vacía durante dos horas enteras. lloró en silencio, apretando la manta de la cama. Cuando me acerqué a limpiarle las lágrimas, me miró con tanta tristeza que sentí que el corazón se me partía en dos. Me dijo, “Mi hijo no me quiere, Lucía.