Llegó a la planta baja y atravesó la cocina inmaculada, abriendo de golpe la puerta batiente que conectaba con la zona de la bandería y los cuartos del personal interno. La temperatura aquí era notablemente más fría. Era una zona de la casa que Rodrigo nunca pisaba, un mundo invisible diseñado para que los empleados entraran y salieran sin interrumpir la estética de cristal y lujo de la mansión. Se detuvo frente a la puerta de madera del cuarto de servicio que Lucía había ocupado durante el último mes en sus extenuantes turnos dobles.
Empujó la manija. La puerta crujió levemente al abrirse, revelando un espacio minúsculo, apenas lo suficientemente grande para una cama individual con sábanas ásperas, un pequeño armario de metal y una mesa de noche de madera aglomerada. La habitación estaba completamente a oscuras. La única luz provenía de la pequeña ventana alta que dejaba entrar el resplandor grisáceo de la mañana nublada. Olía a humedad, a productos de limpieza baratos y a la lluvia de la noche anterior. Rodrigo encendió la bombilla desnuda que colgaba del techo y sintió una punzada de vergüenza al ver la austeridad absoluta del lugar.
Él dormía sobre sábanas de algodón egipcio importado, mientras la joven, que cuidaba el alma de su madre, descansaba en un colchón hundido que no habría servido ni para los perros de sus socios comerciales. Lucía no había dejado casi nada. Al ser echada con tanta violencia, apenas había tenido tiempo de recoger su pequeña mochila. El armario de metal estaba abierto de par en par, mostrando su interior completamente vacío. No había uniformes, no había zapatos de repuesto, no había objetos personales, nada.
“Piensa, Rodrigo, piensa”, murmuró para sí mismo con la voz ronca, pasando ambas manos por su cabello desordenado en un gesto de pura desesperación. Tiene que haber una copia de su identificación, un contrato, un currículum. La agencia de empleos abre hasta el mediodía. No puedo esperar tanto. Necesito su dirección ahora mismo. Comenzó a registrar la pequeña habitación con movimientos frenéticos. abrió el único cajón de la mesa de noche con tanta fuerza que casi lo arranca de sus rieles de metal vacío.
Revisó debajo de la cama, levantó el colchón desgastado, levantando una nube de polvo estancado. Buscó detrás de la puerta nada. Lucía era un fantasma que había pasado por esa casa dejando únicamente la huella de su bondad y desapareciendo sin dejar un solo rastro burocrático. Rodrigo soltó un gruñido de frustración y golpeó la pared con el puño cerrado, sintiendo que el pánico amenazaba con paralizarlo. Se dejó caer pesadamente sobre el borde de la cama individual, hundiendo el rostro entre las manos, respirando de manera agitada.
había perdido, había destruido su última oportunidad de redención y ahora ni siquiera podía encontrar a la víctima de su furia para suplicarle perdón. Pero entonces, al levantar la vista, su mirada se fijó en un detalle minúsculo. Entre el estrecho espacio que separaba la mesa de noche y la pared desconchada, asomaba la esquina de un objeto rectangular, un objeto que por el color opaco y la textura, no pertenecía a la decoración estándar de la casa. Rodrigo frunció el ceño, se inclinó hacia adelante y deslizó sus largos dedos en la ranura.