Recordó sus palabras suplicantes. Mis hermanitos me están esperando. Si no llevo ese dinero, nos echan a la calle. Él había destruido a la única persona capaz de salvar a su madre. Él mismo había echado a la basura el milagro que tanto había estado buscando. Rodrigo escondió el rostro entre las manos y por primera vez en su vida adulta lloró con desesperación pura. Lloró por su madre, lloró por su soberbia y lloró por la urgente y aterradora necesidad de encontrar a una joven limpiadora en una ciudad de 5 millones de habitantes.
El diario En el cuarto de servicio. El silencio que cayó sobre la inmensa mansión tras la abrupta salida del equipo médico era sepulcral, un vacío tan pesado que parecía aplastar el oxígeno. En la lujosa habitación de Paredes de seda, doña Inés finalmente había dejado de gritar. El agotamiento físico y emocional había sido tan extremo que su frágil cuerpo simplemente se apagó, rindiéndose a un sueño intranquilo y lleno de temblores esporádicos. No hubo necesidad de inyectarle el veneno sedante que el Dr.
Vargas pretendía usar para borrarle la conciencia. Solo hizo falta que el terror desapareciera de su vista. Rodrigo Valdés permaneció de rodillas junto a la inmensa cama clínica durante lo que parecieron horas, incapaz de articular una sola palabra, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el rostro pálido y surcado de lágrimas de su madre. La culpa era una bestia viva devorándole las entrañas. había estado a punto de permitir que apagaran el cerebro de la mujer que le dio la vida.
Todo por su obstinación absurda en mantener un protocolo clínico que no servía para absolutamente nada más que para alimentar su propia ilusión de control. Había expulsado a la única persona que había logrado hacerla sonreír en cinco malditos años. Había arrojado a Lucía a la tormenta sin un centavo, humillándola y amenazándola con destruirla. De repente, una urgencia brutal, una desesperación casi animal se apoderó del empresario. Tenía que encontrarla. tenía que reparar el daño catastrófico que su soberbia había provocado.
Rodrigo se puso de pie de un salto, secándose el rostro húmedo con las mangas de su carísimo traje oscuro, ahora arrugado y sin forma. salió de la habitación de su madre, asegurándose de dejar la puerta entreabierta para escuchar su respiración, y corrió por el pasillo de mármol con una prisa que rozaba el pánico. Sus pesados zapatos resonaban como martillazos en el silencio sepulcral de la casa. Bajó la inmensa escalera principal, saltándose los escalones de dos en dos, ignorando el vértigo y la fatiga de no haber dormido en toda la noche.