El doctor giró la cabeza sorprendido. Los enfermeros se congelaron. Era Rodrigo, el empresario, tenía los ojos inyectados en sangre, las venas del cuello marcadas por la tensión y el rostro deformado por una furia protectora que nunca antes había sentido. “Suéltela en este maldito instante”, dijo Rodrigo. Su voz no era un grito, era un gruñido bajo, gutural, cargado de una amenaza de muerte tan real que el doctor Vargas soltó la jeringa instintivamente. La jeringa cayó al suelo y rodó bajo la cama.
“Dije que la suelten”, rugió Rodrigo, empujando brutalmente a los dos enfermeros, obligándolos a retroceder a tropezones. Inés, liberada, se hizo un ovillo en el centro de la cama, llorando aterrorizada, abrazándose a sí misma. “Señor Valdés, ¿qué está haciendo?”, protestó el Dr. Vargas frotándose la muñeca lastimada, indignado por la falta de respeto. El protocolo exige sedación inmediata ante un cuadro agresivo. Es por su propio bien. Rodrigo lo miró de arriba a abajo con un asco infinito. Por primera vez en años veía la realidad sin el filtro de su orgullo millonario.
la esterilidad, la crueldad y la inutilidad de todo lo que había comprado. “Lárguese”, escupió Rodrigo. “Tome sus malditas agujas, su purez sin sabor y sus diagnósticos miserables y lárguese de mi casa. Están todos despedidos. Esto es una locura!”, gritó el Dr. Vargas, recogiendo su maletín ofendido. Sin nuestro cuidado experto, su madre no durará ni un mes. Con su cuidado experto, mi madre lleva muerta 5 años, respondió Rodrigo con una frialdad cortante que no dejaba lugar a réplica.
Fuera de aquí. Si no están en la calle en tres minutos, llamo a seguridad para que los saquen a golpes. El médico y los enfermeros no esperaron una segunda advertencia. Salieron de la habitación a toda prisa, murmurando indignados. El portazo resonó en la habitación, seguido por un silencio pesado y tenso. Rodrigo se quedó solo con su madre. Inés seguía llorando en la cama, temblando incontrolablemente, susurrando el nombre de Mariana una y otra vez entre soyosos rotos. El empresario, el hombre que creía poder comprar la tranquilidad con cheques de nueve cifras, cayó de rodillas junto a la cama.
El peso aplastante de su culpa le destrozó los huesos. intentó tocar la mano de su madre, pero ella se encogió, rehuyendo su contacto, mirándolo con un terror profundo que a Rodrigo le dolió más que una puñalada. Él no podía calmarla. Él no sabía cómo hacerlo. Él solo era el verdugo arrepentido, pero el daño ya estaba hecho. Miró el suelo donde el puré verde manchaba las paredes y la jeringa yacía abandonada. Recordó la mirada de terror de Lucía la noche anterior bajo la tormenta.