El doctor hablaba de Inés como si fuera un motor descompuesto, no un ser humano. Rodrigo tragó saliva sintiendo una repentina aversión por ese tono monótono y desapasionado, un tono que él mismo había exigido y aplaudido durante años. En el centro de la habitación, sobre las sábanas blancas, Inés estaba viviendo un infierno absoluto. No estaba catatónica como en las semanas anteriores, estaba aterrorizada. Sus ojos, inyectados en sangre por el pánico, saltaban de un rincón a otro de la habitación.
Respiraba con jadeos cortos y desesperados. Tenía las manos cerradas en puños tan apretados que las uñas se le clavaban en las palmas. “No fuera! Aléjense de mí!”, gritaba Inés con una voz rasposa que se quebraba por el esfuerzo. Uno de los enfermeros intentó acercarle una bandeja metálica que contenía un vaso de plástico con el espeso puré de verduras y una jeringa con sus medicinas matutinas. Doña Inés, por favor, tiene que desayunar. Abra la boca”, ordenó el enfermero acercando la cuchara con un movimiento mecánico carente de cualquier tipo de calidez.
Inés soltó un alarido de desesperación. Con un movimiento rápido e inesperado, levantó el brazo y golpeó la bandeja con todas sus fuerzas. El puré verde, los vasos de plástico y las medicinas salieron volando por los aires, estrellándose contra la pared forrada de seda y manchando el suelo inmaculado. “No quiero su veneno”, gritó Inés, retrocediendo hasta chocar contra el respaldo de la cama, abrazándose las rodillas, temblando como una hoja en medio de un huracán. Quiero a mi niña, quiero Mariana.
Traigan a mi niña. El nombre cortó el aire de la habitación. Rodrigo sintió que una aguja de hielo le perforaba el corazón. Señora Mariana no está aquí. Usted sabe que Mariana falleció, dijo el doctor Vargas aplicando la cruel terapia de orientación a la realidad con la misma naturalidad con la que daría la hora. El efecto fue devastador. Inés se llevó las manos a la cabeza, tirando de su propio cabello gris, y soltó un grito desgarrador, un lamento primitivo y lleno de agonía que heló la sangre de todos en la habitación.