Salió al callejón de servicio. Justo cuando el cielo se abría por completo. La lluvia helada la empapó en segundos. Lucía caminó sin rumbo bajo la tormenta, tiritando de frío y de miedo, sin saber cómo iba a mirar a los ojos a sus hermanos pequeños esa noche para decirles que no habría comida. Dentro de la mansión, Rodrigo recostó a su madre en la inmensa cama de hospital que dominaba su habitación de lujo. Le tomó el pulso. Era débil, pero estable.
La cubrió con mantas térmicas y cerró las cortinas opacas, sumergiendo el cuarto en una penumbra perpetua. Bajó las escaleras lentamente. El sonido de sus propios pasos le resultaba insoportable. Llegó al comedor. La pizza arruinada seguía allí, esparcida por el suelo, junto a los cristales rotos y las manchas de la sangre de Lucía. El olor a queso y peperoni aún flotaba en el aire, negándose a desaparecer, recordándole con cada respiración el momento exacto en que su madre había sido feliz.
Rodrigo se paró frente al ventanal golpeado por la lluvia. había ganado, había defendido su territorio, había impuesto su autoridad y había expulsado a la amenaza. El protocolo médico volvía a estar a salvo, pero mientras miraba la oscuridad del jardín a través del cristal blindado, el millonario sintió un vacío tan profundo en el estómago que le provocó náuseas. La casa entera se sentía como una gigantesca y silenciosa tumba. Su victoria tenía el sabor amargo de la ceniza, el colapso.
La mañana siguiente llegó sin sol. El cielo seguía teñido de un gris plomizo y la mansión Valdés estaba sumida en un ambiente de máxima tensión clínica. Eran las 8 en punto. El doctor Vargas, un neurólogo con trajes a la medida y un maletín repleto de sedantes de última generación, estaba de pie frente a la cama de doña Inés. A su lado, dos enfermeros de complexión robusta, con uniformes blancos impecables, esperaban órdenes. Rodrigo observaba la escena desde el umbral de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho.
No había dormido un solo minuto. Las ojeras oscuras bajo sus ojos delataban la guerra psicológica que había librado durante toda la noche en la soledad de su despacho. Sus signos vitales están alterados. Señor Valdés”, informaba el Dr. Vargas ajustándose los lentes con frialdad. La crisis de ayer elevó su presión arterial a niveles peligrosos. El evento la ha empujado a una fase de desorientación agresiva aguda. Ya se lo había advertido. Cualquier estímulo fuera de la norma, cualquier alteración en su rutina estéril provocaría un retroceso masivo en su condición.