Señor Valdés, por favor, suplicó la joven poniéndose de pie con dificultad, ignorando el ardor en su mano y en su pierna cortada. Se lo ruego por lo más sagrado. Despídame si quiere, pero no me retenga mi sueldo. Llevo un mes trabajando turnos dobles. Mis hermanitos me están esperando. El alquiler de nuestro cuarto vence mañana. Si no llevo ese dinero, nos echan a la calle. Un trueno sordo retumbó en la distancia. El cielo de Guadalajara, que minutos antes brillaba con el sol de la tarde, se había cubierto de nubes negras y pesadas.
La tormenta estaba a punto de estallar. Rodrigo no pestañó. La empatía había sido completamente devorada por su orgullo herido. “Tu sueldo”, se burló Rodrigo soltando una risa amarga y carente de toda humanidad. Deberías dar gracias a Dios que no llamo a la policía en este instante para que te arresten por negligencia criminal y daños a la salud de un adulto mayor. ¿Quieres dinero? Demándame a ver cuánto dura tu abogado de oficio contra mi firma legal. Lucía abrió la boca, pero las palabras no salieron.
El nivel de crueldad de ese hombre la dejó sin aliento. Comprendió en ese instante que no había nada humano a que apelar. Estaba frente a una máquina de hacer dinero, un hombre vacío que había reemplazado el corazón por una caja fuerte. No te voy a pagar ni un solo centavo, sentenció Rodrigo girando sobre sus talones para salir del comedor. Tienes 5 minutos para recoger tus porquerías del cuarto de servicio y largarte. Si cuando baje todavía estás aquí, los guardias de seguridad de la entrada te sacarán arrastras.
Rodrigo se alejó por el pasillo, llevándose a Inés en brazos, desapareciendo en la oscuridad de las escaleras principales. Lucía se quedó sola en medio del desastre. El silencio que siguió fue sepulcral, opresivo, roto únicamente por el primer golpe de la lluvia furiosa contra los inmensos ventanales de cristal. No recogió sus cosas, no tenía nada de valor en ese cuarto de servicio. De todos modos, con las lágrimas cegando su visión, la mano sangrando y el alma destrozada, caminó arrastrando los pies hacia la puerta trasera.