En lugar de doblegarse ante la verdad, Rodrigo se aferró a la furia ciega. Su rostro se endureció como el mármol que pisaba. Avanzó con pasos pesados y violentos hacia las dos mujeres. “Suéltala”, rugió Rodrigo, agachándose de golpe y apartando a Lucía de un empujón brutal. La joven perdió el equilibrio y cayó de espaldas, cortándose la palma de la mano con un fragmento del plato roto. Un hilo de sangre comenzó a brotar, mezclándose con la grasa de la pizza esparcida en el suelo.
Pero a Rodrigo no le importó, solo le importaba recuperar el control. No la toque así, señor, está inconsciente”, gritó Lucía, apretándose la mano herida contra el pecho, aterrada por la brusquedad con la que el millonario manipulaba el frágil cuerpo de su madre. “Te dije que te calles”, bramó Rodrigo, levantando a Inés en brazos con un esfuerzo sobrehumano. La cabeza de la anciana colgaba inerte hacia atrás. Su respiración era un silvido débil y ahogado. Tú provocaste esto. Tú rompiste sus dietas.
Tú alteraste su mente con tus juegos absurdos. La llevaste al límite de sus fuerzas. Ella solo quería amor. Quería sentirse viva. Lloró Lucía desde el suelo, temblando de pies a cabeza, incapaz de contener la impotencia que le desgarraba la garganta. Usted no entiende nada. ¿No ve que se está muriendo de tristeza? Rodrigo se detuvo en seco. Los músculos de su mandíbula se tensaron hasta casi romperse. Miró a Lucía con un desprecio tan oscuro, tan absoluto, que la joven sintió que el aire se congelaba a su alrededor.
No, la que no entiende eres tú, siseó Rodrigo con una voz baja y gélida que daba más miedo que sus gritos. Eres una intrusa, una ignorante que vino a ensuciar mi casa y a poner en riesgo la vida de mi madre por un estúpido capricho de bondad barata. Acomodó a Inés contra su pecho y le lanzó a Lucía la mirada de un verdugo dictando sentencia. Largo de mi casa. Ahora mismo. El mundo entero se derrumbó sobre los hombros de Lucía.