La imagen contrastaba tan violentamente con la perfección clínica de la casa que parecía un insulto directo a su autoridad. Señor, escúcheme, se lo suplico”, rogó Lucía con lágrimas cálidas resbalando por sus mejillas. Doña Inés llevaba tres días completos sin tragar el puré de verduras. Cada vez que intentaba darle los suplementos, los escupía y lloraba. Estaba perdiendo peso, estaba perdiendo la luz en sus ojos. Los médicos solo querían sedarla, pero ella no necesita calmantes, señor. Ella tenía hambre.
Hambre de algo real, hambre de un recuerdo. La verdad, en las palabras de Lucía, golpeó a Rodrigo en el pecho como un mazo, porque él mismo, escondido en las sombras minutos antes, había comprobado que la joven tenía razón. Él había visto a su madre sonreír como no lo hacía en años. Él había escuchado la lucidez en su voz, pero el ego herido de Rodrigo era un monstruo indomable. Admitir que la limpiadora tenía razón significaba admitir que él, con todos sus millones había fracasado rotundamente.
Significaba aceptar que había torturado a su propia madre durante meses bajo el falso escudo de la ciencia médica y no estaba dispuesto a derrumbarse frente a una empleada de servicio. Hambre de un recuerdo, se burló Rodrigo soltando una risa fría, seca y carente de toda humanidad. Una risa que el heló la sangre de Lucía. ¿Desde cuándo eres neuróloga? ¿Desde cuándo tu título de escuela pública te da el derecho de diagnosticar a mi madre y decidir qué es lo mejor para ella?
Eres la señora de la limpieza. Inés, encogida en su silla de ruedas, comenzó a soyozar en silencio. Llevó sus manos arrugadas a sus oídos tratando de bloquear los gritos. La violencia en la voz de su hijo le causaba un terror profundo, aunque su mente enferma ya no lograba comprender por qué estaban peleando. “Estás jugando con su vida”, continuó gritando Rodrigo, acercándose aún más a Lucía, acorralándola contra el borde de la mesa de roble. El cardiólogo fue perfectamente claro.