Los ojos de Inés comenzaron a moverse frenéticamente por la habitación. Ya no veía a Mariana, su hija perdida. Ya no recordaba a su esposo ni los viernes de pizza. Su respiración se agitó. Frente a ella solo había una chica desconocida temblando de miedo y un hombre de traje oscuro con el rostro desencajado que avanzaba hacia ellas como una tormenta. Rodrigo Valdés cruzó el umbral y entró a la luz del comedor. Segundos antes, en la oscuridad del pasillo, era un hijo roto, llorando lágrimas de arrepentimiento.
Pero al ser descubierto, al ver la vulnerabilidad expuesta en el rostro de la empleada, el mecanismo de defensa más antiguo y destructivo de Rodrigo se activó automáticamente. Su orgullo de hierro no podía soportar sentirse débil. No podía permitir que la limpiadora del turno de noche lo viera con los ojos enrojecidos y el alma destrozada. Así que hizo lo único que sabía hacer cuando perdía el control de una situación. atacar. Cerró los puños, tensó la mandíbula y dejó que la furia, una furia nacida de su propia vergüenza, lo dominara por completo.
¿Qué demonios significa esto?, rugió Rodrigo. Su voz profunda y autoritaria hizo temblar los cristales de los inmensos ventanales. Lucía retrocedió un paso pisando los trozos de porcelana rota sin darse cuenta. Sus ojos castaños estaban muy abiertos, llenos de lágrimas de puro terror. Sabía perfectamente quién era el hombre que tenía enfrente. Rodrigo Valdés no era solo su jefe, era uno de los empresarios más implacables y vengativos de Guadalajara, un hombre capaz de destruir la vida de una persona con una sola llamada telefónica.
Señor Valdés, yo yo puedo explicarlo, por favor. Tartamudeó Lucía con la voz quebrada, entrelazando sus manos temblorosas a la altura del pecho. Yo solo quería cállate. La interrumpió Rodrigo dando dos zancadas rápidas hasta quedar a menos de un metro de ella. Su presencia era asfixiante, una muralla de poder y agresión. Te hice una pregunta directa, Lucía. ¿Qué hace esta basura en la mesa de mi madre? ¿Acaso eres estúpida o simplemente decidiste ignorar las órdenes médicas que te di hace apenas dos horas?” Señaló con un dedo acusador las cajas de cartón grasientas que reposaban sobre el mantelino importado.