Una alteración en sus niveles de sodio podría provocarle un infarto fulminante. ¿Qué querías, Lucía? matarla para no tener que limpiarle la baba por las tardes. Es eso. La acusación fue tan cruel, tan absolutamente perversa e injusta, que Lucía sintió que le faltaba el aire. abrió la boca para defenderse, pero de su garganta solo salió un soyo, ahogado. El dolor de ser acusada de querer asesinar a la mujer que acababa de abrazar con el alma entera fue demasiado.
No, no, por Dios, no lloró Lucía, negando con la cabeza desesperadamente, mirando a Inés, que temblaba de miedo. Yo la quiero. Yo solo quería verla feliz un momento. Ella me llamó por el nombre de su hija, señor Valdés. Me pidió que no la dejara sola. Estaba en paz. Estaba completamente en paz. El rostro de Rodrigo se contrajo en una mueca de agonía pura, disfrazada de ira. Escuchar a Lucía mencionar a Mariana fue la gota que derramó el vaso.
Su respiración se volvió pesada, casi errática. La culpa lo estaba devorando vivo por dentro, pero por fuera se transformó en una máquina de destrucción. “Mi hermana está muerta”, rugió Rodrigo golpeando la mesa de roble con el puño cerrado. El estruendo hizo saltar los vasos de agua. “Está muerta hace 22 años. Seguirle el juego a las alucinaciones de mi madre es una negligencia médica gravísima. La estás hundiendo más en su demencia. Estás destruyendo el protocolo que pago miles de dólares por mantener.
Rodrigo metió la mano temblorosa en el bolsillo interior de su saco y sacó su teléfono celular de última generación. La pantalla iluminó su rostro desencajado. Se acabó. Sentenció con una voz ahora peligrosamente baja, un susurro cargado de veneno que prometía el fin del mundo para la joven. Recoge tus cosas. Estás despedida y reza para que esta misma noche no envíe a mis abogados a la comisaría para levantar cargos formales por intento de homicidio, por negligencia médica. Me voy a asegurar, Lucía Mendoza, de que no vuelvas a conseguir un maldito trabajo en todo el estado.