—Vengo por ella —dijo—. Es mi responsabilidad legal.
Rejoice la miró sin miedo.
—Voy contigo… pero no porque confíe en ti.
EPISODIO 3: La guerra silenciosa
El reloj marcaba las seis de la mañana. Como siempre, Rejoice ya estaba despierta.
Su rutina no cambiaba. Calentaba agua, preparaba avena, trituraba las pastillas en un pequeño mortero. Todo tenía que estar listo antes de salir al hospital.
Pero antes… siempre había una parada obligatoria.
Entró a la habitación.
El aire era pesado.
Ahí estaba Mónica.
Inmóvil.
Sus ojos—lo único que aún podía moverse—siguieron cada paso de Rejoice.
—Buenos días, tía —dijo ella con voz tranquila—. Hoy hay avena con plátano… ¿te acuerdas cuando no me dejabas ni tocar la fruta porque era “solo para tus hijos”?
Silencio.
Siempre silencio.
Rejoice acercó la cuchara a sus labios. Con paciencia. Sin prisa.
A veces… pensaba que veía lágrimas rodar por sus mejillas. Pero nunca estaba segura.
—No te preocupes —murmuró—. Yo sí aprendí a compartir.
Horas después, en el hospital, Rejoice era otra persona.
Bata blanca. Voz suave. Mirada firme.
Una niña pequeña con quemaduras en los brazos la miraba con miedo.
—¿Duele? —preguntó la niña.
Rejoice se agachó a su nivel.
—Sí. Mucho.
—¿Y… se quita?
Rejoice sonrió, con una calma que nacía de su propia historia.
—El dolor cambia. Pero tú te vuelves más fuerte.
La niña la miró fijamente.