Mi tía me quemó la cara con agua hirviendo. Y ahora soy yo quien le da de comer.

Rejoice tenía apenas ocho años cuando su vida cambió para siempre.

Su mamá murió al dar a luz a su hermanito, y su papá—un trabajador de construcción que casi no descansaba—no podía cuidar a un recién nacido y a una niña al mismo tiempo. Así que tomó una decisión que le dolía hasta el alma: se llevó al bebé a la ciudad y dejó a Rejoice con la hermana mayor de su esposa.

—Es solo por un tiempo —le dijo, apretándole la manita—. Te vas a quedar con tu tía. Te va a cuidar como si fueras su hija.

Pero desde que Rejoice llegó a esa casa en Aba, su vida se volvió un infierno.

La tía Mónica era una mujer llena de coraje. Su esposo la había dejado por otra más joven, y ella cargaba ese rencor todos los días. Sus hijos, Justin y Terry, vivían bien: escuela privada, pan calientito, ropa limpia. Pero Rejoice dormía en un petate junto a la cocina, usaba ropa vieja y solo comía cuando todos los demás terminaban.

—¿Te crees muy princesa o qué? —le gritaba Mónica, aventándole agua con jabón—. ¿Vienes a mi casa a hacerte la señora?

Rejoice lavaba trastes, cargaba agua, cocinaba, tallaba el baño… y aun así, casi todos los días la golpeaban. Pero nunca se quejaba. Por las noches, se quedaba despierta, susurrándole a su mamá:

—Mamá… te extraño mucho. ¿Por qué me dejaste?

En la escuela era callada, pero muy inteligente. Su maestra, la señora Grace, siempre le decía:

—Tienes talento, Rejoice. No dejes que nadie te haga menos.

Pero a ella le costaba creerlo. Su espalda estaba llena de cicatrices. Sus brazos marcados por quemaduras. Sus mejillas, con los golpes de los anillos de su tía.

Un sábado por la mañana, todo cambió.