Mi tía me quemó la cara con agua hirviendo. Y ahora soy yo quien le da de comer.

—¿Tú también?

Rejoice asintió.

—Yo también.

Esa tarde, mientras revisaba unos documentos sobre regeneración de tejidos, encontró una caja vieja. Era de su abuela.

Dentro había fotos, cartas… y una nota escrita con mano temblorosa:

“Si el dolor te vence, no respondas con odio. Dios no te pidió justicia. Te pidió propósito.”

Rejoice cerró los ojos.

Recordó el petate.
El hambre.
Los golpes.

Y esa promesa:
“No volveré a depender de nadie.”

Lo había logrado.

Pero había algo… que seguía incompleto.

Una palabra que nunca llegó:
“Perdón.”

Una semana después, el hospital llamó de emergencia.

Mónica había sufrido otro derrame.

Su respiración era débil.

Los doctores fueron claros:

—No va a pasar de esta noche.

Rejoice se sentó junto a ella. Tomó su mano.

—Me quitaste la infancia… me quitaste la cara… pero no me quitaste el alma.

Su voz tembló por primera vez.

—Cada vez que te doy de comer… no es compasión. Es una decisión. Una batalla contra el odio.

Lágrimas corrieron por su rostro.

—Y gané.

Silencio.

Un sonido largo… constante… llenó la habitación.