Ella y Roberto siempre asumieron que la tecnología y yo éramos enemigas mortales. Ay, suegra, deje eso. Va a desconfigurar la tele, me decía Carla cada vez que yo agarraba el control remoto.
Mamá, no toques mi computadora, no vas a entender, repetía Roberto. Lo que ellos no sabían es que desde que enviudé me inscribí en los cursos gratuitos de la biblioteca municipal.
Aprendí a usar la banca en línea, a descargar aplicaciones de viaje y a manejar el correo electrónico mejor que muchos de mis exalumnos. Desbloqueé la pantalla. El brillo estaba al máximo.
Con las letras grandes, sí, porque la vista me falla, pero mi cerebro sigue intacto. Abrí la aplicación del banco. Ahí estaba la confirmación. Reembolso en proceso por cancelación de servicios aéreos.
La cifra era alta, dolorosamente alta. Era el dinero de mi jubilación, de mis sacrificios, regresando a mi cuenta como un soldado leal que vuelve a casa. Luego abrí la aplicación de la aerolínea, ahí estaban los nombres.
Pasajero, Baudilia, confirmado. Pasajero, Roberto, cancelado. Pasajero, Carla, cancelado. Ver esas letras rojas junto a sus nombres me provocó una sensación eléctrica en la nuca. No era venganza. Me repetí a mí misma mientras observaba la pantalla.
Era justicia histórica. Como profesora, siempre enseñé que toda acción tiene una reacción y que los tiranos suelen caer por su propia arrogancia. Roberto y Carla habían actuado como tiranos domésticos y ahora la guillotina invisible de la realidad estaba a punto de caer sobre sus cuellos.
Pero entonces una duda me asaltó. ¿Y ahora qué? Ellos tenían mi maleta grande, tenían mis vestidos, mis zapatos cómodos, mis cremas para la artritis. Yo estaba allí sentada con lo puesto y con mi bolso de mano.
Toqué mi cintura, palpando el bulto del cinturón de viaje bajo la ropa. Ahí llevaba algo que ellos olvidaron en su prisa por deshacerse de mí. Los euros en efectivo, 3,000 € que había cambiado en el banco hace dos semanas y que decidí llevar conmigo por si acaso, pegados al cuerpo a la antigua.