Además, en mi bolso de mano tenía mis medicinas básicas. Nunca viajo sin ellas en la cabina. Una costumbre que mi difunto esposo me inculcó. “Tengo el dinero, tengo el pasaporte, tengo la presión arterial controlada”, murmuré para mí misma.
Me levanté y caminé hacia los monitores de salidas. Vuelo AF452 con destino a París. Puerta 18. Embarque en 20 minutos. Mientras avanzaba por el pasillo interminable, me vi reflejada en los cristales de una tienda de gafas de sol.
Vi a una mujer pequeña con el pelo blanco y corto caminando con determinación. Durante los últimos cinco años, desde que me fui a vivir con ellos para no estar sola, esa mujer del reflejo se había ido encogiendo.
Me había convertido en la sombra de la casa, en la que lava los platos en silencio mientras ellos ven series, en la que presta la tarjeta y no pregunta cuándo se la devolverán.
Recordé la semana pasada. Roberto llegó a casa gritando porque no encontraba su camisa azul. Yo la había lavado y planchado y la había colgado en su armario, pero él no la vio.
“Eres un desastre, mamá. Ya no sirves ni para ordenar un cuarto”, me gritó. Yo bajé la cabeza y pedí perdón. Pedí perdón por haberle lavado la ropa. ¿En qué momento Baudilia?
La mujer que organizó sindicatos de maestros en los 80, se convirtió en ese ratón asustado. El aeropuerto estaba lleno de gente, familias corriendo, empresarios hablando por teléfono, parejas jóvenes besándose.
Nadie me notaba. Para ellos yo era parte del mobiliario. Y fue ahí donde comprendí mi verdadero poder, la invisibilidad. Roberto y Carla no estarían buscándome. Estarían seguros de que yo estaba en un taxi llorando camino a casa para alimentar a sus gatos.
No esperarían que yo estuviera a 50 m de la puerta de embarque observándolos. Su arrogancia era mi camuflaje. Creen que soy débil, lenta y dependiente. Creen que sin ellos no soy nada.
Llegué a la sala de espera de la puerta 18. Me acomodé las gafas y busqué un asiento estratégico detrás de una columna ancha decorada con publicidad de un banco internacional.
Desde ahí tenía una vista perfecta del mostrador de la puerta y de la fila que empezaba a formarse. Y allí estaban. Los vi cerca de las ventanas tomándose fotos. Carla hacía esas poses ridículas con la boca fruncida, levantando la pierna hacia atrás mientras Roberto buscaba el mejor ángulo con el teléfono.