Crucé el arco de seguridad con el corazón latiéndome en la garganta, pero no por miedo, sino por una mezcla de adrenalina y esa extraña lucidez que te da la rabia cuando ya no tienes nada que perder.
El oficial de seguridad, un muchacho robusto, con cara de aburrido, ni siquiera me miró dos veces. Para él y para el resto del mundo. Yo solo era una anciana inofensiva con un abrigo color camello y un bolso apretado contra el pecho.
“Pase, madre, con cuidado”, me dijo, haciéndome un gesto desganado con la mano. “Madre, esa palabra que antes me llenaba de orgullo, ahora me sabía a ceniza en la boca. Agradecí con un asentimiento leve y recogí mi bandeja de plástico gris.
Mis pertenencias eran pocas, mi teléfono celular, mi reloj de pulsera barato y el cinturón de viaje que llevaba oculto bajo la blusa. Ese que Roberto se burló diciendo que era de viejitas paranoicas.
Qué ironía. Si hubiera sabido lo que llevaba ahí dentro, quizás me habría registrado él mismo antes de dejarme tirada como un trasto viejo. Caminé hacia la zona de las tiendas libres de impuestos.
El brillo de las botellas de licor y los estantes de perfumes caros me mareó un poco. Busqué un rincón tranquilo cerca de un ventanal enorme desde donde se veían los aviones estacionados como grandes pájaros metálicos esperando ser alimentados.
Me senté en una silla rígida de metal y saqué mi teléfono. Mis manos, llenas de manchas de la edad y venas marcadas, se movieron con una agilidad que sorprendería a mi nuera Carla.