Cuando escaneen sus códigos se les denegará el acceso por cancelación del titular del pago. Perfecto, murmuré. ¿Algo más? Sí, dije revisando mi reloj. Faltaban 30 minutos para el abordaje. Tiempo suficiente.
Dígame, joven, ¿qué pasa con el equipaje cuando el pasajero no vuela por cancelación en puerta? Por seguridad, señora, el equipaje debe ser bajado del avión. No puede viajar una maleta sin su dueño.
Tendrán que identificarla en la pista o en la zona de reclamo. Eso retrasará un poco el vuelo, pero es el protocolo. Una satisfacción oscura me recorrió el cuerpo. No solo irían a París, sino que tendrían que pasar la vergüenza de que los bajaran, de que buscaran sus maletas y de explicar por qué la vieja inútil tenía el poder de dejarlos en tierra.
Muy bien, dije guardando mi tarjeta. Gracias por su eficiencia. Me di la vuelta. No me fui al área de taxis, caminé hacia el control de seguridad. Tenía mi pasaporte y mi pase de abordar digital en el teléfono, que afortunadamente Roberto no me había quitado porque las viejas no entienden de tecnología, pues esta vieja entendía lo suficiente.
No iba a irme a casa a cuidar gatos. Iba a acercarme a la puerta de embarque, no para subir al avión quizás, porque mi ropa se la habían llevado, pero sí para ver el espectáculo.
Quería ver el momento exacto en que la realidad les golpeara en la cara. Quería ver la expresión de Roberto cuando el escáner hiciera ese sonido desagradable de error. Caminé hacia el filtro de seguridad con la cabeza alta.
Por primera vez en años no era la madre, ni la abuela, ni la viuda. Era Baudilia, la dueña de la tarjeta, la dueña del destino, y estaba a punto de darles la lección de historia más dolorosa de sus vidas.