Primero se hicieron más espaciadas las visitas. Luego las llamadas se volvieron breves. Después empezó a tardar días en contestarme. Más tarde semanas. Hasta que un día, sencillamente, dejó de hacerlo.
Yo repasé mil veces los posibles motivos.
¿Fue cuando le dije que Julián me parecía demasiado encantador para ser del todo confiable?
¿Fue cuando, durante un brunch en Ciudad de México, la vi tan delgada que no pude evitar decirle que parecía enferma?
¿Fue cuando cuestioné algunas decisiones financieras que estaban tomando y Julián respondió por ella con una sonrisa helada que yo debía preocuparme por mi propia salud?
¿O había empezado antes, en detalles tan pequeños que no supe verlos a tiempo?
Lo cierto es que cuando ese mensaje apareció en la pantalla de mi teléfono, yo no pensé con claridad. Pensé como piensan las mujeres que llevan mucho tiempo muriéndose de sed: vi agua y corrí hacia ella sin preguntarme si podía ser un espejismo.
Los días que faltaban para el martes se me hicieron eternos.
Intenté trabajar, pero confundía títulos, ordenaba mal las cajas, dejaba la tetera al fuego hasta que el agua se evaporaba. Dormía mal. Comía peor. Me descubrí sonriendo sola, como una idiota, imaginando posibilidades que seguramente cualquier persona sensata habría puesto en duda. Tal vez Emilia había abierto los ojos. Tal vez estaba embarazada. Tal vez se había peleado con Julián y por fin entendía que yo nunca quise separarla de nadie. Tal vez solo me extrañaba de verdad.
El martes me cambié de ropa cinco veces.
Al final elegí un vestido verde oscuro que ella me había regalado años atrás, en el último cumpleaños que celebramos sin sombras entre nosotras. Me maquillé con cuidado, ocultando como pude las ojeras que el tiempo y la tristeza habían ido cavando bajo mis ojos. Me recogí el cabello dos veces hasta dejarlo suelto otra vez. Quería verme como una madre digna, no como una mujer derrotada suplicando una migaja de cariño.
Ellos vivían en Monterrey desde hacía casi dos años, en un fraccionamiento privado donde las casas parecían diseñadas para dar una impresión de perfección discreta. Cuando Emilia y Julián se mudaron ahí, todavía me hablaban. Yo incluso ayudé con parte del enganche, usando un ahorro que pensaba reservar para mi vejez. Lo hice con gusto. Siempre creí que ayudar a una hija a construir su hogar era una forma de bendecir el futuro.