Qué poco sabe una, a veces, de la casa a la que está contribuyendo.
Manejé desde Guadalajara con el corazón instalado en la garganta. Todo el camino fui practicando frases tontas, como una adolescente antes de una cita: “No sabes cuánto te extrañé”, “No importa lo pasado”, “Siempre vas a ser mi hija”. También ensayé otras más cuidadosas, por si las cosas no salían como yo soñaba: “Podemos empezar poco a poco”, “No te voy a juzgar”, “Solo quería verte”.
Llegué al fraccionamiento a las siete cuarenta y cinco, quince minutos antes de la hora acordada. No quería darle ningún motivo para arrepentirse de la invitación.
El jardín delantero de su casa estaba distinto. Más seco. Menos cuidado. Las hortensias azules que plantamos juntas la última vez que fui ya no estaban. Me quedé observando ese hueco como si fuera una advertencia que no quería entender. Respiré hondo, acomodé mi cabello en el retrovisor y salí del coche.
Fue entonces cuando todo cambió.
Apenas había dado unos pasos hacia la puerta cuando vi a María corriendo hacia mí.
María había trabajado con Emilia desde antes de casarse. La conocía desde que mi hija tenía doce años y yo todavía vivía en aquella casa pequeña de Zapopan donde cada peso se estiraba como milagro. María no era solo una trabajadora doméstica. Era una de esas mujeres que ven crecer a los hijos ajenos, les conocen los gustos, las mañas, los dolores de estómago, las rabietas y las primeras decepciones amorosas. Emilia la quería. O al menos la quiso durante mucho tiempo.
Aquella noche María no tenía cara de mujer que va a recibir a una visita esperada. Tenía el rostro pálido, la respiración agitada y unos ojos tan abiertos que parecían enfermos de miedo.
Corrió hasta mí, miró hacia la casa y luego a mi coche, como asegurándose de que nadie la estuviera observando.
—Señora Margarita —susurró, casi sin aliento—. No entre. Váyase ya. Por favor.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué pasa, María? ¿Emilia está bien?