Cuando recibí el mensaje ese jueves por la noche, sentí que el corazón se me detenía durante un segundo entero, un segundo tan largo que me pareció una vida.
Era Emilia.
Mi hija.
Después de más de un año de silencio absoluto.
“Mamá, ¿podemos cenar el martes? Te extraño.”
Leí esas palabras una vez. Luego otra. Luego otra más, con las manos temblando y la vista nublada, como si en lugar de un mensaje estuviera sosteniendo una carta llegada desde otro mundo. Habían pasado catorce meses desde la última vez que escuché su voz sin prisa, sin frialdad, sin ese tono tenso y vigilado que había aprendido a usar desde que Julián entró en su vida. Catorce meses desde la última vez que me dejó abrazarla sin voltear a ver si a alguien le molestaba. Catorce meses desde que dejó de contestar mis llamadas y mis mensajes quedaron enterrados bajo el visto jamás respondido.
“Mamá, ¿podemos cenar el martes? Te extraño.”