¿Te extraño?
Esas dos palabras bastaron para abrir una puerta dentro de mí que yo me había pasado un año entero intentando clausurar. Porque una madre puede acostumbrarse a muchas cosas: a la viudez, a la soledad, al cansancio, incluso al paso del tiempo. Pero jamás aprende a vivir del todo con el vacío que deja una hija viva que decide tratarte como si ya estuvieras muerta.
Me llamo Margarita. Tengo cincuenta y ocho años. Vivo en Guadalajara, aunque por temporadas viajo a Querétaro, donde administro una pequeña librería que heredé de una tía lejana y convertí, con años de trabajo, en el lugar más digno que he tenido en esta vida. Soy una mujer que aprendió tarde a defenderse. Aguanté quince años de un matrimonio violento antes de reunir el valor para divorciarme. Crié sola a mi hija. Trabajé donde pude. Dormí poco. Lloré a escondidas. Y aun así, de todo lo difícil que he vivido, lo más cruel fue ver a Emilia alejarse de mí poco a poco, sin gritos, sin una gran pelea, sin una escena que yo pudiera señalar y decir: ahí empezó todo.
No.
Lo nuestro se pudrió en silencio.