Mi hija me escribió “Te extraño” después de un año de silencio, pero cuando llegué a su casa, una empleada me gritó que huyera de inmediato. Cinco minutos después descubrí que no me habían invitado a cenar: me habían llamado para desaparecerme y quedárselo todo…

María tragó saliva.

—Escuché a Julián hablando con un hombre. Dijo que necesitaban que usted firmara unos documentos. Algo sobre la casa que ayudó a comprar y unas acciones que el papá de Emilia le dejó.

Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

El departamento estaba parcialmente a mi nombre porque puse gran parte del enganche. Y las acciones que dejó mi exesposo, el padre de Emilia, habían quedado bajo mi administración hasta que ella cumpliera treinta y cinco años. Faltaban pocos meses para eso.

—¿Querían que firmara una transferencia?

—No solo eso —dijo María, y sus ojos se llenaron de miedo—. Oí a Julián decir: “Después del martes todo será nuestro y la vieja ya no estorbará”.

“La vieja.”

Así me llamaba.

Durante un segundo todo el ruido de la central desapareció. Solo quedó la frase rebotando dentro de mi cabeza.

—Hay más, ¿verdad?

María asintió y se le escapó una lágrima.

—Creo que querían hacerle daño.

La cafetería empezó a dar vueltas.

—No…

—Lo escuché hablar de un accidente. Dijo que sería fácil hacer parecer que usted se resbaló por las escaleras después de beber vino en la cena.

La palabra “accidente” me abrió un vacío bajo los pies.

Me llevé una mano a la boca.

Mi hija.

Mi única hija.

La niña por la que me rompí el lomo, la mujer a la que defendí de un padre inconstante y de un mundo hostil, podía estar sentada en una casa escuchando a su marido planear algo así y no detenerlo.

—Emilia no aceptaría eso —murmuré, aunque mi voz no sonó convencida ni para mí.

María me miró con una tristeza que jamás olvidaré.

—Señora Margarita, Emilia ya no es la misma. Él la tiene… no sé cómo explicarlo. Es como si le hubiera metido la mano en la cabeza. Ella repite lo que él dice. Piensa lo que él quiere. O cree que lo piensa.

Me quedé un momento sin poder hablar.