Luego pregunté lo único que importaba:
—¿Por qué me estás diciendo esto? ¿Por qué arriesgarte?
María respiró hondo.
—Porque yo vi crecer a Emilia. Porque antes era una buena muchacha. Y porque mi hermana murió con un hombre así. La aisló. La hizo dudar de todos. Le hizo creer que sin él no era nada. Cuando por fin quisimos ayudarla ya era tarde.
Sentí que se me cerraba la garganta.
María sacó de su bolso una pequeña grabadora y varias fotografías impresas.
—He estado guardando esto. Conversaciones. Fotos de documentos. No sabía qué hacer, pero cuando escuché lo del martes entendí que ya no podía quedarme callada.
Tomé la grabadora con manos temblorosas.
—Tenemos que ir a la policía.
María negó con vehemencia.
—No, todavía no. Él tiene amigos. Siempre presume que cuando uno conoce a las personas correctas, las cosas desaparecen.
Ahí comprendí que el peligro era más grande de lo que yo quería admitir. No estábamos hablando de una discusión doméstica o de un marido manipulador. Estábamos hablando de un hombre que preparaba documentos falsos, posiblemente un despojo patrimonial, y quizá algo peor, con la suficiente seguridad como para sentirse intocable.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Primero, usted se protege. No puede volver a su departamento. Ellos saben dónde vive, qué hace, a dónde va. Necesita desaparecer unos días mientras pensamos.
—¿Y Emilia? —pregunté sintiendo que se me partía el pecho—. No puedo dejarla con él.
—Yo voy a vigilarla —respondió María—. Pero si usted aparece, él va a acelerar todo. Por ahora lo más importante es que usted siga viva.
Fue una frase brutal, pero exacta.