Ella miró alrededor antes de hablar.
—No es solo Emilia, señora Margarita. Es Julián. Él controla todo.
Yo ya sospechaba que Julián tenía mucho que ver en el distanciamiento, pero escuchar esa frase en voz alta me produjo un escalofrío.
—¿Cómo que controla todo?
María respiró hondo.
—Desde hace meses veo cosas raras en esa casa. Primero fueron pequeñas. Julián empezó a decidir a quién recibían, a quién no. Luego Emilia dejó de ver amigas. Después dejó de contestar llamadas de la familia. Usted fue la última.
—Pero fue Emilia quien dejó de hablarme.
María negó con tristeza.
—No. Fue él quien la convenció de que usted la quería controlar, de que no respetaba sus decisiones, de que la hacía sentir culpable.
Sentí una mezcla de rabia y culpa.
—Él tuerce todo —continuó—. Hace que Emilia crea que todos están en su contra, que solo él la entiende y la protege.
Bajó la voz todavía más.
—También le controla la comida. Le dice que está gorda. Que debe cuidarse. Que a nadie le gustan las mujeres descuidadas.
Mi mente volvió a aquel brunch donde le dije a Emilia que la veía demasiado flaca y Julián respondió por ella, sonriendo, que yo debía ocuparme de mis propias arrugas. Ese día ella no me defendió. Bajó la mirada.
Las piezas empezaban a encajar.
—¿Y la cena? —pregunté—. ¿Por qué me invitaron?