—Sí.
—¿Estás bien?
Y esa pregunta, tan simple, tan limpia, casi me hizo llorar antes de empezar.
Le conté todo. No en orden. No con elegancia. Le solté pedazos de horror y de verdad a la vez: las gemelas, la leucemia, el ADN, la posibilidad de que una fuera su hija, la urgencia médica.
Cuando terminé, me temblaba la mano.
Julian guardó silencio unos segundos.
—¿Me estás diciendo que puedo tener una hija de diez años? —preguntó al fin, en voz baja.
—Sí.
—¿Y que tiene leucemia?
—Sí.
Otra pausa.
—¿Cuándo me necesitas?
Parpadeé.
—¿Vendrías?
—Claro que voy a ir.
La naturalidad con la que lo dijo me destrozó.
—Mañana. A las diez. Seattle Children’s.
—Ahí estaré.
—Julian…
—Luego hablaremos de todo lo demás. Ahora lo importante es la niña.
Colgué con el teléfono pegado a la frente.
Y por primera vez desde que había recibido la llamada de la mañana, sentí algo parecido a la esperanza.
Al día siguiente llegué a la cafetería del hospital veinte minutos antes. Estaba temblando sin frío. El café sabía a metal. El reloj parecía disfrutar cada segundo de mi ansiedad.
A las diez en punto lo vi entrar.
No me preparó nada para el golpe de reconocerlo y al mismo tiempo no reconocerlo. Julian seguía teniendo la espalda amplia, el paso tranquilo, esa manera de mirar primero el espacio y luego a la gente, como si leyera estructuras incluso en las habitaciones. El pelo castaño ahora estaba atravesado por hebras plateadas en las sienes. Los ojos, avellana, seguían siendo imposibles de confundir.
Se acercó despacio y se sentó frente a mí.