Esa noche hablamos demasiado. Bebimos demasiado. Terminamos en su apartamento.
Volví con Graham el domingo. Me reconcilié. Dos semanas después supe que estaba embarazada.
Siempre creí que eran hijas de Graham.
Siempre.
La doctora asintió.
—Si el análisis confirma lo que parece indicar, tendremos que localizar a Julian. Si es el padre biológico de una de las niñas, puede ser un donante potencial.
Sentí vergüenza, miedo, una especie de asombro sucio.
—Vive en Seattle —dije—. Es arquitecto. Aún tengo su número.
—Llámelo.
El teléfono me pesó como plomo en la mano.
No había hablado con Julian en once años.
No sabía si estaba casado. Si tenía hijos. Si me odiaba. Si había conseguido olvidarme lo suficiente como para no querer volver a oír mi nombre.
Pero Sofie estaba en un hospital con cáncer.
Marqué.
Sonó dos veces.
—¿Bueno?
La voz me sacó el aire.
Seguía siendo él. Más grave, tal vez. Más serena. Pero era él.
—Julian —dije, y sentí cómo se quebraba algo en mí—. Soy Isabelle. Necesito tu ayuda.
El silencio al otro lado fue largo. No hostil. Solo sorprendido.
—Isabelle… ¿eres tú de verdad?