La llamada llegó a las 6:47 de la mañana de un martes de finales de agosto, y yo lo sé porque llevaba despierta desde las cinco, sentada frente a la mesa de dibujo, con la lámpara encendida y la espalda rígida, mirando los planos de la Morrison Tower como si las vigas de acero y las cargas distribuidas pudieran hacerme olvidar que llevaba setecientos treinta y dos días sin ver a mis hijas.
A esa hora, en Portland, la luz todavía era indecisa. El cielo no terminaba de aclararse y todo parecía suspendido, como si el día todavía no se hubiera decidido a empezar. El teléfono vibró sobre los planos, un número desconocido de Seattle. Seattle. Bastó ver el prefijo para que se me helaran las manos.
Seattle era donde vivían ahora.
Seattle era donde Graham se las había llevado cuando el juez dictaminó que yo era una madre no apta.
No había dejado de odiar esa expresión. No apta. Como si alguien pudiera recortar toda una vida de amor, de madrugadas, de pañales, de fiebre, de canciones susurradas al oído, de rodillas raspadas curadas con soplos, y resumirla en dos palabras secas escritas por un hombre con toga y otro con un informe comprado.
Estuve a punto de no contestar.
Lo juro.
Mi dedo flotó sobre la pantalla durante dos segundos que me parecieron una vida. Pensé que quizá era otra llamada perdida, otra equivocación, algún despacho de abogados, un cliente, un banco, una voz sin importancia. Pero algo más fuerte que yo, una intuición vieja, casi animal, me obligó a deslizar el