Cuando terminé, tenía los ojos llenos de lágrimas.
Doña Carmen cerró los ojos.
—Envíala —susurró.
Busqué su dirección en sus antiguos contactos y envié el mensaje.
Pasó un día.
Luego otro.
No hubo respuesta.
El silencio de la casa parecía más pesado que antes.
Al tercer día por la mañana estaba leyéndole un libro cuando mi teléfono vibró.
Un correo nuevo.
De Mateo.
Sentí que el corazón me latía con fuerza mientras lo abría.
Solo había una frase.
«Llegaré mañana».
Levanté la vista hacia doña Carmen.
—Viene.
Ella frunció el ceño.
—¿Quién?
—Mateo.
Durante unos segundos no reaccionó.
Luego sus ojos se llenaron de una luz que no había visto antes.
—¿De verdad?
—Sí.
Esa tarde Diego llegó antes de lo habitual.
Le conté.
Durante un largo rato no dijo nada.
Finalmente suspiró.
—Está bien.
Al día siguiente, cerca del mediodía, escuchamos el sonido de un coche deteniéndose frente a la casa.
Doña Carmen ya estaba vestida y sentada en el borde de la cama.
Sus manos temblaban ligeramente.
—¿Crees que ha cambiado mucho? —preguntó.
—Probablemente un poco.
Entonces se escucharon pasos en la escalera.