Lentos.
Cautelosos.
La puerta se abrió.
En el umbral apareció un hombre de unos cincuenta años, con el cabello entrecano y los mismos ojos oscuros que ella.
Durante unos segundos nadie habló.
El hombre dio un paso adelante.
Su voz tembló apenas.
—Mamá…
Doña Carmen sonrió.
Una sonrisa pequeña, cansada… pero llena de alivio.
—Has venido.
Mateo se acercó lentamente y se sentó junto a la cama.
Yo salí de la habitación en silencio y cerré la puerta.
En el pasillo Diego estaba apoyado contra la pared.
Escuchábamos voces suaves al otro lado de la puerta.
Después de un momento dijo:
—Lo consiguió.
Negué con la cabeza.
—No fui yo.
—Entonces ¿quién?
Miré la puerta cerrada.
—El tiempo.
Desde la habitación llegaban murmullos tranquilos.
Y por primera vez desde que había llegado a aquella casa…
el silencio dejó de sentirse frío.