Me quedé sin techo después del divorcio y acepté trabajar como cuidadora de una viuda que se estaba apagando.

—Eso no era asunto suyo.

—Quizá no. Pero ella lo espera.

Diego se pasó la mano por el cabello.

—Usted no entiende.

—Entonces explíqueme.

Guardó silencio unos segundos.

—Si Mateo viene… todo se complicará.

—¿En qué sentido?

—La casa. La herencia. Las viejas discusiones.

Negué con la cabeza.

—Ella no está pensando en dinero. Solo quiere ver a su hijo.

Diego me miró durante largo rato.

—¿Y usted? —preguntó finalmente—. ¿Vendría si estuviera en su lugar?

Pensé unos segundos.

—Si supiera que mi madre tiene pocos meses de vida… sí.

Diego no respondió.

Aquella noche no dormí bien.

Cerca de las dos de la madrugada escuché pasos suaves en el pasillo.

Salí de mi habitación.

Vi a doña Carmen caminando lentamente hacia las escaleras.

—Doña Carmen… ¿necesita algo?

Se detuvo y me miró.

Sus ojos parecían más cansados que nunca.

—A veces pienso… —susurró— que si bajo hasta la puerta… él podría estar allí.

—¿Mateo?

Asintió.

La ayudé a volver a la cama.

Antes de irme, dije:

—Tal vez debería escribirle.

Doña Carmen sonrió con tristeza.

—Ya no tengo fuerzas para escribir cartas.

Me senté junto a ella.

—Entonces díctemela.

Me miró sorprendida.

—¿Lo harías?

—Claro.

Guardó silencio unos segundos.

Luego empezó a hablar muy despacio.

Yo escribía cada palabra en mi portátil.

«Mateo, si lees estas líneas significa que el tiempo empieza a faltarme.

No te llamo para pedir explicaciones ni para pedir perdón.

Solo quiero verte una vez más».