—Mateo siempre fue terco… —murmuró—. Y Diego se parece a él más de lo que quisiera admitir.
—¿Por qué no quiere que venga?
—Porque teme que todo vuelva a abrirse.
—¿Qué cosa?
Doña Carmen cerró los ojos un momento.
—El pasado. Las viejas heridas. Lo que ocurrió entre nosotros.
El silencio se instaló en la habitación.
Luego añadió, casi para sí misma:
—A veces es más fácil vivir lejos que enfrentarse a los recuerdos.
Nos quedamos calladas durante un rato.
Finalmente dije:
—Pero tiene derecho a saberlo.
Doña Carmen me miró con una mezcla de esperanza y miedo.
—¿Crees que aún hay tiempo?
No supe qué responder.
Aquella noche bajé a la cocina.
Diego estaba sentado frente a la mesa con el portátil abierto. La luz de la pantalla iluminaba su rostro cansado.
Cuando me vio, cerró el ordenador lentamente.
—¿Está dormida? —preguntó.
—Sí.
Dudé un momento, pero al final dije:
—Hablamos de Mateo.
Su rostro se endureció.