—Entiendo francés.
Hubo un largo silencio.
—Entonces escuchó algo —dijo finalmente.
—Un poco. No fue intencional.
—Siéntese, Lucía.
Dejé el peine y me senté en el borde de la cama.
—Tengo un hijo —dijo doña Carmen en voz baja—. El mayor. Se llama Mateo. Hace veinte años se fue a Francia y no regresó…
Pero lo que doña Carmen contó después sobre ese hijo ausente cambió completamente todo lo que yo creía entender de aquella casa…
Parte 2
Me quedé en silencio unos segundos después de que dijera aquellas palabras.
El nombre Mateo quedó flotando en la habitación como algo que llevaba años sin pronunciarse en voz alta.
—¿Por qué no volvió? —pregunté en voz baja.
Doña Carmen sonrió con una tristeza tranquila, como si aquella historia ya hubiera sido llorada muchas veces.
—Porque se fue lleno de orgullo. Y la gente orgullosa no vuelve fácilmente.
Guardé silencio.
—¿Y ahora? ¿Sabe que está enferma?
Doña Carmen negó lentamente con la cabeza.
—No. O al menos no todo. Diego nunca le contó la verdad completa.
Sentí que algo empezaba a encajar en mi mente.
—Pero Diego habló con él.
Sus ojos se volvieron más atentos.
—¿Escuchaste algo?
Asentí.
—Solo unas frases. En francés. Decía que no era buena idea que viniera.
Doña Carmen suspiró profundamente.