—Es bueno saberlo —dijo en voz baja.
Y no volvió a hablar del tema.
El cuarto día llegó Diego.
No aparecía a menudo, generalmente dos veces por semana y por poco tiempo. Entraba a ver a su abuela, se sentaba unos veinte minutos y hablaba poco.
Ese día llevé el té y los encontré en medio de una conversación.
—Diego, te lo pido —decía doña Carmen—. Llámalo. Al menos dile que yo…
—Ya hablamos de esto —la interrumpió—. No.
—Tiene derecho a saberlo.
—Hace mucho que tomó su decisión.
—Hace veinte años. La gente cambia.
—Dije que no.
Dejé la bandeja en silencio y salí.
No era asunto mío.
Los conflictos familiares son iguales en todas partes; solo cambian los escenarios.
Pero esa noche, al pasar por el despacho del primer piso, escuché la voz de Diego.
Hablaba por teléfono.
En francés.
No me detuve a propósito. Solo reduje el paso.
—…elle ne va pas bien du tout. Le médecin dit deux mois, peut-être moins…
—…je sais que tu veux venir, mais ce n’est pas une bonne idée…
—…elle demande après toi. Chaque jour…
Llegué al final del pasillo y me apoyé contra la pared.
Mi corazón latía demasiado fuerte.
Estaba diciendo eso a alguien a quien, según sus propias palabras, no pensaba llamar.
A la mañana siguiente, mientras peinaba el cabello de doña Carmen —le gustaba mucho y decía que la ayudaba a pensar— pregunté con cuidado:
—Dígame… ¿tiene más hijos?
Sus manos bajo la manta se tensaron ligeramente.
—¿Por qué pregunta?
—Solo pregunto.
Me miró a través del espejo.
—¿Escuchó algo?
Sostuve su mirada.