Me dejaron sola tras abrirme el pecho y pensaron quedarse con mi casa, mi ferretería y mis ahorros; no sabían que saldría viva del hospital para cambiar el testamento, cerrarles la mano y obligarlos a enfrentar la vida sin mí…

Abrí la libreta por las páginas centrales.

—Primero: la casa de la colonia Vista Hermosa. Ya no se divide entre nadie. Quiero que pase a un fideicomiso a nombre del Hospital General. Que la renta o la venta de esa propiedad financie al personal de enfermería del área de cardiología. Bonos, equipo, descanso, lo que más necesiten. Que lleve mi nombre si es necesario para amarrarlo bien.

Morales dejó de parpadear. Pero empezó a teclear.

—Segundo: el local de la ferretería y el terreno de la esquina se lo heredo en vida a don Ramón. Con cláusula blindada de usufructo y protección total para que mis hijos no puedan quitárselo ni con amenazas ni con engaños. Ese hombre trabajó conmigo treinta años sin robarme un tornillo. Él sí se ganó esos ladrillos.

—Hortensia… —murmuró Morales—. Esto les va a caer como dinamita.

—Que les caiga. Sigo.

Pasé la página.

—Tercero: el dinero en banco, inversiones, cajas de seguridad y todo lo que yo tenga líquido o movible se concentra en una cuenta a mi nombre exclusivo, administrada por una firma externa. Quiero pagar mi recuperación, mi vida y mis gustos hasta el último peso. Lo que sobre cuando yo me muera, si sobra, se va al orfanato de San Juan.

Morales se quitó los lentes y me observó como si en vez de tener frente a él a una viuda recién salida del hospital tuviera una tormenta con falda.

—¿Y a tus hijos qué les dejas?

Sentí un placer oscuro, limpio.

—Les voy a dejar algo a cada uno, para que ningún juez diga que los olvidé ni que estaba yo ida de la cabeza. Quiero que quede clarísimo que me acuerdo perfecto de quién es quién.

Y entonces dicté con toda la precisión de una mujer que conoce el peso exacto de cada agravio. A Ernesto, mi caja registradora manual, la que se atora con los ceros, para que aprenda a sumar el tiempo que no pasó conmigo. A Carmela, la colección de dedales de plata de mi abuela, porque siempre dijo que coser era cosa de sirvientas. A Julián, las tres toneladas de tornillos oxidados del almacén viejo, a ver si con eso paga algo de sus deudas. A Silvia, mis delantales manchados de grasa y pintura para que nunca olvide de dónde salió el dinero que le amuebló la vida. Y a Gustavo, la bicicleta de reparto con la llanta ponchada, para que aprenda a moverse por sus propios medios.