Me dejaron sola tras abrirme el pecho y pensaron quedarse con mi casa, mi ferretería y mis ahorros; no sabían que saldría viva del hospital para cambiar el testamento, cerrarles la mano y obligarlos a enfrentar la vida sin mí…

—No, mijo. A mi casa no. Lléveme a la notaría número ocho. Tengo unas cuentas pendientes que corregir.

El trayecto fue un rosario de dolores. Cada bache me sacudía los huesos como si el alambre con que me habían cerrado el pecho todavía estuviera flojo. Me aferré a la manija de la puerta y apreté los dientes. El taxista me miraba por el espejo con cara de “esta señora se me va a morir aquí mismo”. Pero no. La muerte ya había hecho su intento. Ahora me tocaba a mí ajustar cuentas con los vivos.

La notaría número ocho estaba en un edificio gris, serio, de puertas pesadas. Empujarlas fue mi primer triunfo físico de ese día. La recepcionista, una muchacha de uñas rojas y cabello recogido, se levantó alarmada apenas me vio entrar pálida, encorvada y con la ropa de veinte días de hospital.

—Señora, ¿quiere que llame una ambulancia?

—No quiero ambulancia. Quiero ver al licenciado Morales. Dígale que Hortensia, la de la ferretería El Tornillo, necesita hablar con él ahorita.

—No tiene cita…

—Dígale que si no me atiende en tres minutos, me llevo mis propiedades con la notaría de enfrente.

La muchacha tragó saliva y desapareció por el pasillo. Regresó menos de un minuto después seguida por Morales, con menos pelo, más barriga y los mismos ojos vivos de zorro viejo que yo recordaba. Apenas me vio, se le borró el color.

—Por Dios, Hortensia —dijo acercándose—. Ernesto me dijo que estabas muy grave. Que casi no salías. Me aseguró que ustedes se estaban turnando en el hospital.

Me salió una risa seca que me rasgó el pecho.

—Ernesto siempre fue bueno para los cuentos. Llévame a tu oficina.

Me ofreció el brazo. Lo tomé lo justo para no caerme. Ya sentada frente a su escritorio, saqué la libreta verde y la planté sobre la madera con un golpe firme.

—Abre la computadora, Morales. Vamos a destruir un documento y a levantar otro. Hoy.

Morales me miró con cautela de abogado.

—Acabas de salir de una cirugía mayor. Ernesto podría alegar que no estás en condiciones de tomar decisiones legales.

—Precisamente por eso vamos a dejarlo sin aire —contesté—. Hoy quiero un testamento que resista hasta la maldad de mis propios hijos.